Foto : Eumir García (twitter)

Tlahuelilpan: tocar fondo

Dolor… era dolor…
Tardé un poco en identificar lo que los videos previos y posteriores a la explosión en Tlahuelilpan me estaban causando. Pero en poco tiempo fue claro: de tipos muy distintos, de raíces separadas, de sentimientos encontrados, pero se resumía en ello: Dolor… por la rapiña, por las muertes, por las reacciones.

Los distintos análisis que se hicieron en éste y otros sitios al respecto de una serie de posturas públicas de acontecimientos de opiniones radicales en el  2018, siempre representaron un momento social bajo, que, cuando parecía imposible, se superaron a sí mismos en ignominia: el clasismo de las elecciones presidenciales en México, el fundamentalismo contra el movimiento #SeráLey en Argentina, el regreso del fascismo a Brasil, la transfobia en España por un certamen de belleza, la xenofobia contra las caravanas migrantes de Centroamérica… pero en cada uno de estos acontecimentos que polarizaron a la sociedad, quedaba un dejo de cordura, de mesura y de esperanza: porque siempre existió una postura, (a veces mayoritaria, a veces no) siempre presente de análisis y pensamiento progresista. Es decir, siempre había cabida a la esperanza de que no todo mundo estaba perdiendo la cabeza…

No pensaba que ese dejo de esperanza se acabaría aquí, a solo una hora, a solo 80 kilómetros de mi hogar…

La primera gran medida contra la corrupción por parte del nuevo régimen mexicano, se presentó en contra del combate al robo de hidrocarburos, (el ahora famoso “huachicoleo”). No solo era el primer gran golpe de legitimidad de este gobierno, sino que es tal vez el golpe más grande contra la corrupción mexicana en el último medio siglo… pero las consecuencias de dichas acciones, representaron otro golpe bajo, esta vez contra algo fundamental para nuestra sociedad estereotípicamente neoliberal, posmoderna, capitalista e hiperconsumista:

Una sociedad que confunde el libre consumo con el libre albedrío, suele perdonar fácilmente la violación de sus derechos, pero se indigna aún más fácilmente cuando se tocan sus privilegios… Y el desabasto de gasolina derivado de la reorganización de los sistemas de distribución, mostró claramente nuestra paradoja social, al querer que exista un cambio social, siempre y cuando no modifique en lo más mínimo nuestra cotidianidad y no tengamos que hacer el más mínimo esfuerzo y/o sacrificio.

Aunque dicho oxímoron social narcisista (que no es realmente nada nuevo en nuestra realidad mexicana) ya mostraba los primeros síntomas de doble moral hacia las acciones del nuevo gobierno, lo peor estaba por llegar:

El viernes 18, cientos de personas aprovecharon el sabotaje y la perforación ilegal anónima de un ducto que transportaba gasolina, para comenzar un acto de rapiña, todo ello ante la mirada inoperante de soldados y autoridades que se vieron superadas en número… lo que sucedió dos horas después del arribo de la población, es hoy ya tristemente conocido: una explosión que provocó la muerte de (hasta la redacción de este texto) 79 personas, más otras 81 que resultaron heridas…

Todo, absolutamente todo, alrededor de este hecho, es una tragedia:

Si bien, el estricto sentido legal hace de esta actividad un acto ilícito, no se puede hablar de manera generalizada de “criminales”: la rapiña se ha convertido en uso y costumbre del lado más vulnerable de un sistema económico capitalista. En una casi celebración, los cientos de personas que se acercaron a la fuga vieron una oportunidad: una parte, de solventar una necesidad básica; otra, de actuar de forma lógica a su constructo cultural; y, no podemos negarlo, probablemente, otro porcentaje de personas actuando por mero oportunismo… La inconsciencia o plena ignorancia, no les hizo prever el riesgo, que derivó en pérdidas humanas y lesiones de los aún presentes a la hora de la explosión.

No han faltado las voces que aseguran que la zona No es de extrema pobreza, y que afirman que los habitantes alrededor se han convertido, por necesidad o por ambición, en comunidades cómplices de estos actos delictivos… sin embargo, es imposible sacar de la ecuación el hecho de que este pensamiento no solo es derivado del crimen y la corrupción de un tejido social fracturado, sino también de nuestra propia realidad económica que da pocas alternativas para abandonar la marginación. Es decir, si bien gente de la zona y de la involucrada en los hechos sí es probable que sea “huachicolera”, no hay argumentos para afirmar que absolutamente todas ellas pertenecían al crimen organizado.

Nada de ello excluye una responsabilidad legal y un daño público, pero lo cierto es que no es necesario, ni un contexto de desabasto, ni de maldad o perfil criminal, ni de extrema pobreza, para que se presenten acciones de rapiña en una sociedad como la nuestra.

Por otra parte, las autoridades militares presentes (en medio de un debate nacional que cuestiona su capacidad y presencia en los actos de manifestación social) se vieron rebasados: incapaces de reaccionar correctamente ante la necesidad de controlar a las masas con otros recursos que no sea la represión… aun así, es clara la ausencia de ésta última (al grado tal que, en un pensamiento contradictorio, muchas personas reclamaban la “falta de violencia” contra el acto de rapiña).

Así pues, un acto inconsciente e ilícito, que rebasó a las autoridades presentes, se convirtió en una tragedia… pero, como si la pérdida de vidas no fuera suficiente, la sociedad mexicana decidió que también teníamos que perder nuestra humanidad:

En un acto de burda “superioridad” moral, esta vez están siendo una inmensa mayoría las voces que claman que esto No es una tragedia, sino “un acto de justicia”: Qué fácil se ha vuelto desde nuestros castillos de cristal y nuestras Tecnologías de la Información, llenarnos la boca de soberbia y pensar que son “criminales” quienes obedecen a un acto cultural de clase (se llaman intelectuales sin entender que una buena parte de dicho hilo de pensamiento es simplemente Marxismo: una cosmovisión derivada de una condición social – económica)… se les olvida desde su elitismo intelectual académico, que Giddens habla de no dejar a un lado los contextos para entender las acciones de la personas y viceversa… su aporofobia y clasismo los hace incapaces de darse cuenta de que, aún más “bajo” que hacer rapiña, es celebrar la muerte ajena a través de actos de voyerismo morboso, compartiendo imágenes y videos de personas calcinadas y burlándose de ellas.

Pero, sobre todo, se nos olvida a tod@s, que el sistema nos ha deshumanizado, que hemos perdido de vista que estamos hablando de personas, y que nuestro deseo de venganza y frustración disfrazada de pseudo justicia poética nos ha robado el sentido de comunidad, de colectividad y de bien común.

Hoy todas y todos somos culpables de tocar el fondo social:  perdimos la capacidad de pensar en los demás, perdimos el sentido de que los regímenes no cambian por sí solos si con ellos no evoluciona la sociedad… deseamos castigo, no para quienes han originado silenciosamente la corrupción, sino para quienes se “atreven” a trastocar nuestra comodidad, nuestro narcisismo y nuestros privilegios.

Hoy con Tlahuelipan tocamos fondo, porque casi nadie logró mantener la cordura y entender todas las aristas de acciones y consecuencias tan complejas; de analizar que esto no es de gente buena o gente mala, sino de seres humanos moldeados por una idiosincrasia específica, una gama de necesidades, un sistema de valores, una construcción cultural y, por supuesto, un modelo económico rapaz… Hoy sacamos lo peor, y expusimos el lado más salvaje y egocentrista de nuestro propio ser.

He perdido la cuenta de cuántas veces he tenido que utilizar en una clase, un escrito, o en una simple plática, la frase: “La Verdad es cada vez menos importante, porque a la gente ya no le interesa saber la verdad… le interesa tener la razón…”

Sin embargo, hoy, aquí, nadie tiene la razón…
Porque, hoy, aquí, tod@s la hemos perdido…

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Foto: Eumir García (twitter @pachukitoal100)

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