El escritor mexicano Carlos Monsiváis, falleció el día de hoy a las 13:48 horas en el área de terapia intensiva del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”, por insuficiencia respiratoria, informó la Secretaría de Salud.

Desde el pasado 2 de abril ingresó a dicho centro hospitalario para recibir tratamiento, sin embargo en las últimas semanas su estado de salud se complicó.

Historia de una vida

El sarcasmo que caracterizaba al escritor no escapó ni al momento en el que describió su vida como “otra causa perdida”.

Su sentido del humor era proporcional a su falta de solemnidad, por lo que no resulta extraño que cuando cumplió 70 años se atreviera a formular el deseo de que esparcieran sus cenizas en el Zócalo “para presumir de un funeral céntrico”.

Monsiváis se mantenía hospitalizado desde el 2 de abril en el área de terapia intensiva del Instituto Nacional de Nutrición “Salvador Zubirán”, donde fue internado a causa de una fibrosis pulmonar que se convirtió en una neumonía.

Antes de ingresar al hospital, el narrador participó en varios actos durante la primera quincena de marzo, como la presentación de su más reciente libro Apocalipstick y la apertura de la exposición “México a través de las causas” en el Museo del Estanquillo.

El hermetismo en torno a la salud del escritor caracterizó tanto a sus familiares como a las autoridades de la Secretaría de Salud, quienes se limitaban a informar si se mantenía estable o presentaba alguna mejoría.

“Si ligo mi salud con mi edad, la encuentro perfectamente normal, si la ligo con el estado que quiero tener, es un desastre”, bromeó el periodista en la conferencia de prensa sobre Apocalipstick, su más reciente libro.

A Monsiváis Adolfo Castañón lo consideraba el “último escritor público en México” por su presencia en la vida cultural y política del País. También se le reconocía como el cronista indispensable de la realidad mexicana.

Estudió en las facultades de Economía y Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard y de la Fundación Guggenheim.

Formó parte de la generación de escritores mexicanos que se dio a conocer en la década de 1950, integrada por Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Hugo Gutiérrez Vega, José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José de la Colina, Margo Glantz y Gabriel Zaid, entre otros.

Colaboró en suplementos periodísticos y diarios como “México en la cultura”, de El Universal; “Futuro” y “El Gallo Ilustrado”, de El Día, y “Sucesos para Todos” y “Política”, de Excélsior. Fue cofundador de Proceso, Unomásuno, La Jornada y “La cultura en México”, suplemento de la revista Siempre!, que dirigió a partir de 1971.

El prolífico escritor abarcó la crónica, el cuento y el ensayo. Fue autor de Días de guardar (1970), Amor perdido (1977), Nuevo catecismo para indios remisos (1982), Escenas de pudor y liviandad (1988), Frida Kahlo: una vida, una obra (1992), Los rituales del caos (1995), Aires de familia (2000), Salvador Novo: lo marginal en el centro (2000) y Apocalipstick (2010).

Ganó los premios Nacional de Periodismo (1977 y 2010), Mazatlán de Literatura (1988), Xavier Villaurrutia (1995), Anagrama de Ensayo (2000), Nacional de Ciencias y Artes (2005) y de Literatura de la FIL de Guadalajara (2006). Fue creador emérito del Sistema Nacional de Creadores desde 1994.

Recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma Metropolitana en 1995. La Universidad Nacional Autónoma de México, como parte de la celebración por sus 100 años de existencia, tenía planeado entregarle este reconocimiento al autor.

Además, fue condecorado con la Medalla Bellas Artes 2008 por su obra periodística y literaria y con la Medalla 1808, que le entregó el Gobierno del Distrito Federal.

Intelectuales y amigos apreciaban su congruencia y honestidad, así como su prodigiosa memoria, y más de uno, al cumplir sus 70 años, lo consideró “imprescindible”, como la crítica de arte Teresa del Conde.

Se caracterizó por luchar contra el SIDA, la homofobia, la discriminación, la derecha política, la izquierda acrítica, el autoritarismo, la corrupción, la impunidad. Inclusive simpatizó con el derecho de rebelión de los indígenas y reconoció al EZLN como un parteaguas en la comprensión de lo indígena.

Le interesó el conocimiento y estudio de la cultura popular mexicana, de ahí su admiración por la lucha libre y los muñecos de luchadores que decoraban sus libreros.

Fue un cinéfilo que, al tiempo que revaloraba géneros que no estaban de moda, estaba atento a los filmes de vanguardia. No sólo consideraba a las películas tan importantes como la formación literaria, sino que además actuó en la gran pantalla casi una decena de veces.

Monsiváis fue un gran coleccionista del arte popular, comenzó a atesorar objetos desde hace cuatro décadas y el anhelo de que pudieran exhibirse se concretó en noviembre de 2006 cuando abrió sus puertas el Museo del Estanquillo, al que calificó de “homenaje al imaginario colectivo de la Ciudad de México”.

Fue un amante de los gatos y solía bautizarlos una vez que desentrañaba la psicología de cada uno, porque estaba convencido de que no había dos iguales: Miss Oginia, Miss Antropía, Mito Genial, Fetiche de Peluche, Fray Gartolomé de las Bardas, Miau Tse-tung, Ansia de Militancia y Chocorrol.

Convivía con más de una decena de felinos en su casa de la colonia Portales. Decía que apreciaba su irreverencia, su belleza y flexibilidad, la suma de sus destrezas.

“Sin mis libros me sería imposible vivir y sin mis gatos también. Los libros no aúllan ni los gatos proporcionan sabiduría, por eso no podría elegir. Preferiría entonces vivir sin mí”, le respondió a una periodista allá por 1995.

El escritor fue amigo confeso de María Félix, Juan Gabriel, Lucha Villa y Chavela Vargas y se ocupaba de celebridades como Mario Moreno Cantinflas, Germán Valdés Tin Tan, Emilio El Indio Fernández, Pedro Infante, Agustín Lara, Ninón Sevilla y hasta de Luis Miguel y Gloria Trevi.

Solía decir que las grandes figuras del show business poseen un conocimiento más exacto de lo que es la sociedad y saben más de política que el mismo Fidel Velázquez.

Atribuía su fama no a su literatura, sino a sus apariciones en la televisión.

Fuente: Reforma

Redacción Desde Abajo

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