En realidad fui un estudiante mediocre. Hasta que alguien me dijo, creo que fue una profesora, que yo podía ser escritor. No sé qué habrá visto en mis escritos como para pensar semejante barbaridad. Pero me la creí.

por Luis Ariel Ortega

Anoche me fui a la cama pensando en mi eterna frustración de no ser escritor. Dinero, mujeres y fama. Y el vino. El mejor vino del mundo. Toda esa rica atmósfera que rodea a los escritores. Cuando entré a la facultad de Periodismo no pensaba ser un periodista o un escritor afamado, pues nunca he sido un tipo ambicioso. Los niños quieren ser bomberos, policías o pilotos aviadores. Yo nunca quise ser nada de eso. A mí me gustaba leer y encerrarme en mi habitación a escuchar música de los Beatles. Así es que elegí Periodismo porque era lo único que se acercaba a la lectura y la escritura, además de que es una carrera en la que, la verdad, se estudia poco, quizás nada.

En realidad fui un estudiante mediocre. Hasta que alguien me dijo, creo que fue una profesora, que yo podía ser escritor. No sé qué habrá visto en mis escritos como para pensar semejante barbaridad. Pero me la creí. Por supuesto que la vida puso las cosas en su lugar y no soy escritor ni nada que se le parezca.

Lo malo de pensar en mi frustración de no ser escritor es que invariablemente también pienso en mi muerte. ¿Cómo irá a ser? Pienso en Anacreonte, poeta griego que le escribía versos al vino y las mujeres y que murió asfixiado por atragantarse con una uva. O bien, Thackeray, que de tan tragón que era, murió durante una cena, de tanto comer. Y en Edgar Allan Poe, el amo del misterio y el horror, que murió durante un ataque de delirium tremens, tirado fuera de una taberna. El alcohol también se llevó al poeta Dylan Thomas: murió a los treinta nueve años, internado por una congestión alcohólica.

Cristopher Marlowe, dramaturgo inglés, murió asesinado durante una pelea en una taberna. Tenía veintinueve años. Pushkin, el más grande cuentista y poeta ruso, murió en un duelo, tras defender la reputación de una mujer. Pasaba apenas los treinta y dos años.

El cuentista y novelista Ernest Hemingway se mató de un tiro de escopeta. Tenía sesenta y dos años. La poeta Sylvia Plath puso fin a sus días metiendo la cabeza en un horno de gas. Contaba con treinta y cuatro años. Muchos escritores se mataron y lo seguirán haciendo, pero ninguno como el novelista japonés Yukio Mishima. El 26 de noviembre de 1970, acompañado de cuatro seguidores, se presentó a un cuartel general para realizarse el seppuku, rito japonés que consiste en abrirse el vientre con un sable. Acto seguido, uno de los seguidores le corta la cabeza. La noticia da la vuelta al mundo y las novelas de Mishima salen a la luz.

Lo mejor será pues morir como el resto de la gente, de cáncer, un mal hepático, un infarto o de una insuficiencia respiratoria. Ya que yo ni tragón, peleonero, borracho y suicida.

Bueno, quizás algún día.

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