por Miguel Ángel Granados Chapa / Desde Abajo

José Antonio Rojo y Francisco Olvera. Imagen: News Hidalgo

MÉXICO, D.F., 19 de julio (Proceso).- El miércoles 14 murió Jorge Rojo Lugo, hijo de Javier Rojo Gómez, fundador de una dinastía de gobernantes y políticos que dominó por décadas la vida pública de Hidalgo. Aunque dos nietos de don Javier, hijos de su hijo Jorge, desfilan aún en la escena pública, han aceptado someterse a decisiones de un equipo que ya no reconocía el liderazgo de esa familia y por lo tanto es remota la posibilidad de que gobiernen la entidad donde lo hicieron sus ascendientes.

Rojo Gómez nació en la hacienda de Bondojito, en Huichapan, el 18 de junio de 1896. (El nombre de su lugar natal fue impuesto años más tarde, cuando el abogado hidalguense gobernaba el Distrito Federal, a una colonia del norte de la capital, cuyo nombre es a veces deformado por los adversarios de los diminutivos, que la llaman “la Bondojo”). Desde pastor, que fue el humilde oficio que sus condiciones familiares le deparaban, se alzó muy pronto y a los 24 años fue elegido diputado local, cuando apenas se consolidaban los gobiernos estatales, tras la promulgación de la Constitución de 1917. Fue reelegido una vez (entonces era posible hacerlo, pues las legislaturas duraban dos años) y en 1925 pasó al Congreso federal, como diputado por el distrito de Zimapán, que incluía a su tierra.

Adquirió experiencia política y administrativa como secretario de gobierno de un periodo breve, y fue también juez de distrito. Por breve tiempo fue también secretario general en el gobierno capitalino, al que volvería como cabeza años después. Vinculado siempre a la vida rural, con la Federación de Obreros y Campesinos de Hidalgo acudió a la fundación de la CNC, de la que sería líder mucho tiempo después.

Con esa base fue elegido gobernador de Hidalgo en 1936. Su gestión, iniciada al año siguiente, se interrumpió porque el presidente Manuel Ávila Camacho lo designó jefe del Departamento Central, como entonces se denominaba a la dependencia presidencial que administraba a la capital de la República. La causa de su nombramiento era la estrecha relación política que había logrado establecer con el presidente Cárdenas, cuyas políticas populares buscó reproducir en Hidalgo. Hombre fuerte en su entidad, logró que lo reemplazara su cuñado, hermano de su esposa Isabel, José Lugo Guerrero, que concluyó su periodo en 1946.

Rojo Gómez apareció pronto como un aspirante a la presidencia de la República, apoyado por el ala cardenista del gobierno moderado que sucedió al general michoacano. Tres de sus partidarios, Carlos Madrazo, Sacramento Joffre y Jorge Téllez Vargas fueron enviados a la cárcel durante la contienda interna por la candidatura presidencial, lo que da idea del extremo a que podría llegar el principal antagonista del hidalguense, el secretario de Gobernación Miguel Alemán.

Sobra decir que cuando finalmente se impuso el veracruzano, durante su sexenio Rojo Gómez se eclipsó. El presidente Ruiz Cortines lo sacó del ostracismo y lo nombró embajador en Japón y en Indonesia. A su regreso, López Mateos lo impulsó para ser secretario general de la CNC. Al cabo de esa encomienda, desde la cual apoyó la precandidatura de Gustavo Díaz Ordaz, éste al asumir la presidencia lo nombró gobernador de Quintana Roo. Se produjo así el peculiar fenómeno político en que tres hidalguenses gobernaran sendas entidades de la República: Carlos Ramírez Guerrero el propio estado de Hidalgo, Alfonso Corona del Rosal la capital de la República, y Rojo Gómez aquel inmenso imperio forestal.

En la primera gira de Echeverría, ya como presidente electo, a las playas caribeñas donde poco después se alzaría Cancún, el flamante presidente encabezó una marcha sobre los arenales, al cabo de la cual se dispuso a subir, con ímpetu juvenil, la pirámide de Tulum. A sus 73 años el gobernador se empeñó en acompañar al presidente. Al descender del monumento tuvo que ser hospitalizado. Murió el 31 de diciembre de 1970.

Para entonces su hijo Jorge (no Javier el mayor, que optó por la arquitectura) había abrazado la carrera política. Muy joven, a los 28 años, fue diputado federal y luego se adentró en la banca de desarrollo: el Banco Nacional Hipotecario y de Obras Públicas y el Banco Nacional Agropecuario, del que fue el primer director general. Aspiraba ya a la gubernatura, pero Manuel Sánchez Vite, que lo aventajaba políticamente, le ganó el turno en 1969 y en 1975, pues impuso a su valido y pariente Otoniel Miranda. Por razones que no es del caso recordar aquí, Miranda duró apenas un mes en el cargo, y fue preciso convocar a nuevas elecciones, en las que se cumplió el sino familiar de Rojo Lugo, quien como otra muestra de la influencia de su grupo recibió el gobierno de manos del interino Raúl Lozano Ramírez, quien había sido secretario particular de su padre.

Dos años después de iniciado su periodo, Rojo Lugo fue llamado al gabinete de López Portillo como secretario de la Reforma Agraria. No hizo huesos viejos allí, pues lo afectó el mismo síntoma de desatención a sus labores de que se hablaba en el bienio inicial de su administración en Pachuca. Muy a menudo, cuando el presidente buscaba a su secretario de la Reforma Agraria, éste se hallaba en Hidalgo, probablemente en un festejo, tal como a la inversa había ocurrido antes: con frecuencia el gobernador estaba en la Ciudad de México, presumiblemente en una fiesta. De modo que López Portillo lo reemplazó por Antonio Toledo Corro y Rojo Gómez reasumió la gubernatura.

Para hacerlo tuvo que desplazar a José Luis Suárez Molina, un militar retirado a quien se tenía como miembro de la familia Rojo Lugo, pues había crecido en su casa. Torpemente ensoberbecido, no acató la regla por la cual un interino ejerce un poder vicario, y se tomó a pecho su papel, como si hubiera sido elegido y aun se permitió actos extravagantes y groseros, sin suponer que el día menos pensado dejaría el gobierno en las mismas manos que se lo habían confiado.

Rojo Lugo no pudo influir en su propia sucesión porque López Portillo impulsó inexorablemente a Guillermo Rossel de la Lama. Pero un primo suyo, Adolfo Lugo Verduzco, llegó al gobierno inmediatamente después, designado por Miguel de la Madrid, quien probablemente fue víctima de una confusión. El que se desvivía por el gobierno era otro primo, Humberto Lugo Gil, mientras que Lugo Verduzco hubiera preferido continuar a la cabeza del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. Finalmente, la longeva aspiración de Lugo Gil, hijo de Lugo Guerrero, asimismo gobernador y cuñado de Rojo Gómez como queda dicho, se cumplió parcialmente pues fue interino entre 1998 y 1999, en reemplazo de Jesús Murillo Karam, que había sido secretario de gobierno con Rojo Lugo. Además del propio Murillo Karam, hoy senador de la República, durante el gobierno de Rojo Lugo empezó la carrera política, de menor magnitud pero más sonada, de Gerardo Sosa Castelán, el protagonista del libro La Sosa nostra, de Alfredo Rivera.

Dos hijos de Rojo Lugo aspiraron en años recientes a continuar la tradición familiar, pero la fortuna no les ha sido favorable y ellos han carecido del ímpetu que requiere la política de poder, no la administración bajo las órdenes de un jefe. El mayor de los dos, Jorge Rojo García de Alba, ha combinado los negocios con la vida pública (administra la Inmobiliaria y Constructora San Cristóbal), fue secretario particular del gobernador Manuel Ángel Núñez Soto y es ahora diputado federal. Fue uno de los seis que con ese carácter se sentían tocados a participar en una contienda interna por la candidatura al gobierno, este año. Pero al igual que sus compañeros se disciplinó ante la decisión del gobernador Miguel Ángel Osorio, que escogió a quien los legisladores desdeñan por considerarlo de menor estatura política que la suya, Francisco Olvera, saludado ya por el presidente Calderón como si fuera a gobernar a los hidalguenses y no tuviera que sufrir la nulidad que dicte el Tribunal Electoral federal, según la demanda de la enérgica e inteligente candidata de la oposición Xóchitl Gálvez.

En conducta semejante, aunque de modo diferente, incurrió José Antonio Rojo García de Alba, que había cobrado distancia del gobierno local a fin de no ser sometido por las decisiones de Osorio. Secretario de Gobierno con Núñez Soto, secretario de Desarrollo Regional con Murillo, líder de la cámara local, había construido una base política propia, aunque con reminiscencias de la presencia familiar en el estado. Cuando volvió después de cumplir varias misiones partidarias, pareció posible una contienda interna en el PRI contra el designio de Osorio de imponer a Olvera. Pero la prudencia o algo peor aquietaron los ímpetus del todavía joven abogado. Al renunciar a su posibilidad de ser candidato, al igual que su hermano, se alejó quizá para siempre de esa oportunidad.

Por eso puede decirse que con la muerte de su padre, nacido el 19 de junio de 1933 y gobernador de 1975 a 1981, terminó la vigencia de la dinastía forjada por don Javier Rojo Gómez, cuya vida a la intemperie, de la que sus descendientes no supieron nada nunca, le dejó la huella de una mano desgarrada por una reata de lazar.

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