Enrique Peña Nieto. FOTO: Germán Canseco / Proceso

Enrique Peña Nieto. FOTO: Germán Canseco / Proceso

LOS ÁNGELES, CA. –La Sociedad Interamericana de Prensa, dirigida por Ricardo Trotti, con base en Miami, un organismo que se presenta sin fines de lucro y defensor de la libertad de prensa, anunció la 72ª Asamblea General para realizarse en México, DF, en la segunda semana de octubre, de la cual recibí invitación. Mi sorpresa fue leer que la inauguración estará a cargo de Enrique Peña Nieto, y compartirá escenario con el expresidente de Uruguay, José Mujica.

En los últimos decenios he condenado los crímenes del gobierno mexicano, y he sentido particular indignación por los colegas asesinados, feminicidios en todo el país y víctimas de fabricación de delitos encarceladas con sentencias perpetuas. Y enfatizo decenios, no un año o dos. Han sido generaciones mermadas en México por gobiernos criminales, y no somos pocos los periodistas nacionales e internacionales que hemos desenterrado y reconstruido historias macabras sin que los responsables paguen por ello.

Por eso y más, no puedo guardar silencio en este evento de doble filo. Me parece inaceptable que periodistas con el sello del New York Times y otras casas editoriales de prestigio internacional acepten participar en un evento sobre la libertad de prensa, en un país donde el gobierno asesina cada 26 días a un colega, y a sabiendas que esos crímenes se quedan en completa impunidad porque el gobierno se los atribuye al narcotráfico, como si fuera una nebulosa entidad separada del Estado.

Me parece inaceptable que el director del diario mexicano El Universal se muestre tan condescendiente con Enrique Peña Nieto y su largo historial de crímenes de derechos humanos –desde Atenco hasta Nochixtlán– y lo cuele como “una digna personalidad” para hablarnos a los periodistas sobre la libertad de prensa en un país plagado de fosas clandestinas y personas inocentes en las cárceles.

Periodistas y editores internacionales que parecerían no tener pudor en compartir escenario con un gobierno criminal son quienes pretenden darnos conferencias magistrales sobre la libertad de prensa y la cobertura en América Latina. Desde el director de El País, de España, medio en el que me formé como periodista internacional y trabajé en una de sus delegaciones, y que ahora su línea editorial resulta tan flexible y cuestionable como la del propio Juan Ruiz Healy, que celebra 100 años del diario, con el PRI y sus gobiernos aliados sentados en un restaurante de lujo y planas llenas de publicidad gubernamental.

¿Qué pasa con los medios en el mundo? ¿Qué es el periodismo hoy? ¿La costumbre de halagarnos nosotros mismos y a los que tienen el poder para que nos den su reconocimiento? ¿Acaso tan diluidas están las fronteras éticas del periodismo, que parecería corresponder a principios de épocas remotas? ¿Todos los periodistas, editores y personajes públicos que participan en esta asamblea de la prensa interamericana en realidad han defendido la libertad de prensa? ¿Es esto lo que tienen en común con periodistas que hemos sido amenazados, exiliados, callados o asesinados por ejercer nuestra libertad para informar?

Es obvio que no. Un periodista puede compartir un tiempo con un criminal de derechos humanos, con un genocida, o un narcotraficante por un interés profesional en el ejercicio de su derecho a informar la parte oscura del ser humano. Pero no puede compartir la mesa con un criminal de derechos humanos para brindar y celebrar por una libertad que ha sido coartada a los demás.

Un periodista no es sólo lo que escribe y dice. También es su visión y su conciencia. Y lo podemos comprender con la incesante propaganda hacia el gobierno mexicano. Basta que periodistas de fama pública nacional o internacional coloquen las críticas a Peña Nieto en otro ángulo para desviar la atención del ciudadano sobre la gravedad de sus crímenes de derechos humanos. Ciertamente, el periodista puede ser crítico, pero para cualquier gobernante de la calaña de Peña, es un triunfo a su imagen que se le califique de ignorante plagiador de textos, por ejemplo, como lo hizo Carmen Aristegui, en vez de investigar y registrar su genocidio y complicidad con el narcotraficante más poderoso del mundo. Igual sucedió con Felipe Calderón, a quien criticó de “borracho”, mientras grupos de activistas y cientos de miles de usuarios de las redes sociales pedían su renuncia por el genocidio de más de 200 mil personas con una guerra en la que su gobierno favorecía claramente al mismo narcotraficante que se sigue favoreciendo ahora.

Con respecto a la asamblea por venir de la Sociedad Interamericana de Prensa, parecería que tuviera un doble objetivo al haber invitado a Peña a dar el discurso de inauguración frente a medios internacionales.

No encuentro más respuesta que la búsqueda de legitimidad de Peña solicitada a una organización de periodistas latinoamericanos radicados en Miami que se prestan a sus intereses. Sobre todo, en un momento de crisis de imagen de Peña por su corrupción y represión contra maestros opositores a su denostada reforma educativa.

La agenda implícita está armada: Por una parte, Peña es el anfitrión de la prensa internacional, por lo tanto todos los medios asistentes estarán obligados a reproducir su discurso y le darán legitimidad a su actuación de “presidente respetuoso de la libertad de prensa”. Con ello se olvida el número de periodistas asesinados y las miles de agresiones a la prensa mexicana de a pie, e incluso las recientes amenazas al corresponsal de The Guardian por revelar en Europa los apartamentos de lujo no declarados de su mujer Angélica Rivera en Miami. La misma ciudad sede de la organización que convoca al evento, por cierto.

Y por otra parte, poner a Peña junto al expresidente José Mujica, como si la corrupción y criminalidad del primero, pudiera ser diluida con la honestidad y humildad del segundo. Más perverso aún como si en México, los crímenes de lesa humanidad cometidos por el mismo gobierno fueran parte normalizada de la gestión pública, y todo continuara en una rutina sexenal que la prensa prefiere ignorar. Nada más vergonzoso para la historia del periodismo.

México es un país donde la libertad de expresión y los derechos individuales no se respetan. Y el gobierno de Peña Nieto es responsable de ello. Es responsable de favorecer la impunidad y mantener instituciones judiciales torturadoras, que fabrican delitos y obstaculizan investigaciones sobre crímenes de Estado. Es responsable de mantener un sistema penal federal con presos inocentes y sentencias perpetuas, mientras criminales como Isabel Miranda de Wallace, que inventó el secuestro y homicidio de su hijo para obtener notoriedad política y poder económico, se sientan a la mesa con él. Es responsable de mantener un ejército que dispara sin pudor contra su pueblo y desaparece estudiantes, activistas y opositores al régimen. Es responsable de la destrucción y expropiación de propiedades de las comunidades indígenas y campesinas. Es responsable de violar el libre tránsito en nuestro país con retenes de militares violadores y feminicidas. Es responsable de simular una guerra contra el narcotráfico, mientras protege a sus delincuentes aliados.

El gobierno de Peña es responsable de estos crímenes de lesa humanidad que mantienen a México suspendido en el tiempo de las dictaduras latinoamericanas de hace tres o cuatro decenios. Callar o permitir que la prensa minimice su gravedad es complicidad. Es favorecer una prensa indigna, tendenciosa y desinformadora que Peña y sus gobernadores pagan con recursos públicos para distorsionar la realidad y atacar a los grupos sociales críticos a ellos. Y no me refiero a esos personajes de televisión con su monótona cantinela de noticiarios a modo, sino al periodismo serio.

Nuestra tarea es decir la verdad, no ser cómplice de mentiras e información distorsionada. No somos saqueadores mentales detrás de una pantalla con anuncios del gobierno. Nuestra tarea es ayudar a comprender lo que está sucediendo, no ocultarlo con eufemismos y recovecos lingüísticos. Nuestra tarea es ejercer ese periodismo necesario y no de modo cínico.

Quien ejerza el periodismo e ignore la responsabilidad del gobierno de Peña Nieto en la profunda fractura del Estado de Derecho en México, no tiene autoridad moral ni ética para hablar en nombre de la libertad de prensa ni dar “consejos” al gremio. Nuestro principio para ejercer el periodismo es uno y sin equívocos: ética. Si no, no es periodismo.

La Sociedad Interamericana de Prensa debería reconsiderar la participación de Peña Nieto en una asamblea de esta índole, porque el verdadero terrorismo de Estado es el que mata gente inocente. Y Peña Nieto es uno de los culpables.

Twitter: @gpelizarraga

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Guadalupe Lizarraga

Guadalupe Lizarraga

Escritora y periodista independiente. Fundadora de Los Ángeles Press
Guadalupe Lizarraga