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PACHUCA . –Un buen profesor en la universidad me aconsejó que cuando no pudiera explicar un fenómeno político regresara a los clásicos. Por tanto, habido de criterios interpretativos, recurro al más grande pensador de la filosofía política: Platón. Para él, la peor forma de gobierno era la democracia. No confiaba en ella porque creía que se trataba de una forma corrupta de constituir un gobierno. Según Platón: “en la democracia todo el mundo es libre y en la liberación cada cuál es dueño de hacer lo que le plazca”. Esa libertad, entendida por el filósofo como desorden, representaba su principal defecto.

Siglos después, Alexis de Tocqueville, describió la fortaleza institucional de Estados Unidos en su conocido libro “La democracia en América”. En ese texto el pensador francés aseguró que “lo más importante para la democracia es que no existan grandes fortunas en manos de pocos”.

Pues bien, el pasado martes 08 de noviembre los ciudadanos norteamericanos votaron con absoluta libertad por un magnate que representa los intereses de una minoría clasista, racista y misógina.

¿Qué pasó con el electorado norteamericano?, ¿Por qué no nos ayudan los clásicos a entender este comportamiento?, ¿Cuáles son las claves para entender la elección en aquel país? ¿Qué le depara a los millones de migrantes que viven allá? Todo eso naufraga en un mar de incertidumbres.

Por principio de cuentas, vale la pena hacer una profunda reflexión sobre la masificación de las democracias. Ciertamente no se puede limitar la expresión de los candidatos que encuentran fórmulas fáciles para convencer (engañar o manipular) a robustos sectores de la población. Porque en el juego político caben todos y los electores (presumiblemente) tendrán la suficiente capacidad para escoger a los mejores.

Este razonamiento tiene perfecta sincronía con el sentido común. Pero no está presente en el electorado actual. De tal manera, que también hay que analizar a los que eligen: los votantes. Es decir, ¿por qué han tenido éxito las propuestas cada vez más exóticas y alegadas de la política formal?

Es evidente que existe una degradación del universo político. Los ciudadanos están hartos de los profesionales de la política, y buscan refrescar el panorama, con aquellos que no son políticos de carrera. Eso tiene costos positivos y negativos. Pero la experiencia nos dice que como toda profesión (la política incluida) debe ser ejercida por los expertos en la materia. Así como nadie se dejaría operar del apéndice por un contador, o confiaría a un abogado la construcción de su casa; lo mismo ocurre con un político. No puede gobernar un merolico que arengando a las masas prometa cambiar el rumbo de una nación sin un plan específico, sin una política pública, sin experiencia en los asuntos de gobierno.

Hilary Clinton es una profesional de la política (con todos sus defectos y virtudes) que ante un esperpento como Donald Trump no tiene comparación. Pues aun así, los electores norteamericanos eligieron el camino de la aventura al elegir a un neófito de la política como presidente.

Cabe otra reflexión de Platón, quien sostenía que “el precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por lo peores hombres” eso parece describir lo que pasó en Estados Unidos.

Pero por desgracia ese no es el único ejemplo, el pragmatismo político, está cobrando fuerza en distintas regiones del mundo. Basta con citar el Brexit (donde un grupo de electores de edad avanzada decidió que Inglaterra saliera de la Unión Europea), o Colombia (que realizó esfuerzos inconmensurables para llegar a un acuerdo de paz con la guerrilla y en un referéndum los ciudadanos no respaldaron esta propuesta), o también la reciente reelección de Daniel Ortega en Nicaragua (donde los electores embelesados por aquella figura lo refrendaron en el cargo a pesar de casos de corrupción y escándalo familiar). Todos estos electores no obedecen a los estándares que se han descrito. Se trata, en cambio, de personas sin niveles de sofisticación que buscan las opciones más “sencillas” para los problemas más complejos.

En Inglaterra los que acudieron a votar consideraron que su nación e identidad corrían riesgo con la permanencia de aquella nación en la Unión Europea. En Colombia los odios pasados no permitieron un proceso de pacificación con la guerrilla y los nicaragüenses perdonan todo tipo de abusos y vejaciones de un presidente que vive de glorias pasadas.

Vale la pena hacer muchas lecturas al respecto. Mientras tanto, y esperando que las aguas vuelven a su curso, habría que replantear la incuestionable virtud de elegir a través de la voluntad general a las representantes populares. Algo en esa dicotomía está fallando. Puede ser el método, la fórmula o la consecuencia. Pero la democracia actual está dejando mucho que desear en términos de participación, representación y legitimidad.

@2010_enrique
uam_lore04@hotmail.com

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Enrique Lopez Rivera

Enrique Lopez Rivera

Politólogo hidalguense, doctor en Estudios Sociales. Autor de la tesis "En busca del ciudadano perdido, participación y abstencionismo en una provincia mexicana" (España) y coautor del libro "La reconfiguración de la hegemonía priísta, una lectura desde al ámbito local" (Plaza y Valdés, México). Columnista.
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