. Cierto día se me ocurrió programar una rola de Shakira, y aún recuerdo la cara de mi asombrado compañero cuando le dije: va la número 3 de este disco. “¿Cómo crees?” sólo atinó a decir. Entonces, para no sentirme tan mal por aquella idea estrambótica recordé cuando Gabriel García Márquez entrevistó a la también colombiana Shakira en 1999

Por Rocío Aidée Cervantes Chapa / Desde Abajo

Por algún tiempo trabajé en una estación de radio donde uno de los más graves problemas era la programación musical. ¿Qué programar y qué no? ¿qué tipo de música era refinada, capaz de atraer a un público culto? A mí esos debates me daban mucha risa pues, invariablemente, los directivos y productores adquirían una actitud snob: eso era lo culto, pues era escuchado por la gente culta y esto no, pues lo escuchaba el pópulo.

Cierto día se me ocurrió programar una rola de Shakira, y aún recuerdo la cara de mi asombrado compañero cuando le dije: va la número 3 de este disco. “¿Cómo crees?” sólo atinó a decir. Entonces, para no sentirme tan mal por aquella idea estrambótica recordé cuando Gabriel García Márquez entrevistó a la también colombiana Shakira en 1999.*

El Gabo le hizo la entrevista más bella y descriptiva que he leído de la cantante. Inicia la redacción hablando de la infinidad de compromisos que esta súper estrella debía cumplir, y no para en su afán de reconocimiento a su trabajo y su talento: “Ella se ocupa de todo en persona. No sabe leer música, pero en los ensayos está pendiente de cada instrumento, con un sentido crítico severo y un oído privilegiado que le permiten interrumpir un ensayo para coordinar la nota exacta con sus músicos”.

Y prosigue con una lista de virtudes: “la precocidad descomunal de Shakira, su genio creativo, su voluntad de granito y una ciudad natal propensa a la invención artística, sólo podían ser los gérmenes de un tan raro destino. Sus primeros años parecen saltos de décadas… Es difícil ser lo que Shakira es hoy en su carrera, no sólo por su genio y su juicio, sino por el milagro de una madurez inconcebible a su edad. Cuesta trabajo entender semejante poder de creación compatible con sus trenzas negras de ayer, las rojas de hoy, las verdes de mañana”.

En la segunda mitad de la entrevista, las cualidades de Shakira parecieran infinitas en los ojos del Nóbel de Literatura: “Se ve que es como ella quiso ser: inteligente, insegura, recatada, golosa, evasiva, intensa barranquillera de hueso colorado, desde el mundo entero y desde las nubes de su Olimpo añora las huevas de lisa y el bollo de yuca, y una casa de techos muy altos que no ha podido comprar frente al mar con dos caballos y mucha tranquilidad. Adora los libros, los compra, los acaricia, pero no tiene el tiempo que quisiera para leerlos. Anhela a los amigos que se le quedan en los adioses apresurados de los aeropuertos, que sabe que no será fácil volver a verlos”.

Y sobre su música dice: “Hoy el sueño está más que cumplido. La música de Shakira tienen una impronta personal que no se parece a la de nadie, y nadie la canta ni la baila como ella a ninguna edad con una sensualidad inocente que parece inventada por ella. Se dice fácil: Si no canto me muero. Pero en Shakira es cierto: si no canta no vive”.

Y fue precisamente ayer cuando recordé esta anécdota pues en todos los medios, en todos los diarios se habló sobre los 80 años de García Márquez y los 40 de sus Cien años de soledad: Gabo, El Grande, el hijo pródigo de Colombia, el maestro del realismo mágico, el Premio Nóbel de Literatura. No cabe duda: sólo los verdaderamente grandes son verdaderamente capaces de ver a través de los ojos de la humildad.

“Va la tres, por favor”, le repetí a mi compañero. Y Shakira se escuchó por primera vez en esa frecuencia.

* “Shakira, el vértigo” en Suplemento Gente! del periódico Reforma. Domingo 6 de julio de 1999.

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