[CRÓNICAS DE LOS VENCIDOS] ¿Quién se acordará de mi cuando llegue mi tiempo?

. Este dos de noviembre, el panteón municipal se lleno desde temprana hora. Las camionetas, autos y taxis llegaron con sus viejecitas asidas a su bolso de mandado. Algunas de ellas a pie, no faltaron a esta cita con sus muertos de todos los años. La muerte es hoy, y parece más poderosa que en cualquier otro momento del año; el mismo que se repite constantemente.

Por L. Alberto Rodríguez / Desde Abajo

A lo largo del centro comercial, abundan calabazas fúnebres que festejan el Haloween en pleno Día de Muertos. Rozando su piel de fieltro se pasean las novias y sus novios de la mano. Algunos comentan la fiesta del fin de semana. De qué se disfrazaron y de cómo su atavío sucumbió frente al tequila adulterado. Sin ofrendas, sin altares sin panteones. Estos están afuera. Donde las viejecitas y los pobres se pasean entre el frio inclemente y el sol chillante. Con el olor del copal y las flores de cempasúchil, allí van ellos, los de nadie. Los que acuden a los panteones a visitar a sus muertos, porque la memoria nuncatraiciona en días como estos. Ahí van, pobres en su mayoría quienes, a pesar de las meses olvido, siempre regresan.

Así Lupita” que tiene como 80 años, y desde hace 40 más o menos, visita la tumba de su padre en día de Todos Santos. Como ella, su padre vivió sus últimas veintenas de meses en la miseria y mendigando entre los círculos pauperizados del cerro de Cubitos. Algunos fines de semana, bajaba al Centro porque sabía que allí llegarían los “ricos”.

Del cúmulo de pobreza, Martín, como se llamaba, soalmente le dejó a Lupita un pequeño cuarto, mitad de concreto mitad de lámina, en la punta del cerro donde ahora ella vive. La acompañan una carriola de lámina donde carga lo que logra mendigar durante el día y una diabetes que está por dejarle ciega.

Pero allí está, con todo y achaques, ante la tumba de su padre como cada uno de los Días de Muertos. Le lleva un ramo de vaina, epazote y flores silvestres. Limpia su tumba de piedras. Con un pedazo de su suéter le quita las telarañas que le sobreviven. En tanto, con un palo arranca las flores marchitas que se adhirieron a los botes de lámina donde había dejado, hace un año, otro ramito de la misma ofrenda.

Con todo y que le pegaba cuando niña, su padre muerto es el único recuerdo material –o el más importante-, que le queda. Su tumba es su patrimonio más valioso cuantitativamente. Son 700 pesos que le cuesta el derecho de permanencia de su padre en aquella fosa de concreto. El pago se lo condona su nieta Laura, trabajadora del Ayuntamiento, quien arregló la estancia de su bisabuelo para disfrute de los últimos años de Lupita.

Este dos de noviembre, el panteón municipal se lleno desde temprana hora. Las camionetas, autos y taxis llegaron con sus viejecitas asidas a su bolso de mandado. Algunas de ellas a pie, no faltaron a esta cita con sus muertos de todos los años. La muerte es hoy, y parece más poderosa que en cualquier otro momento del año; el mismo que se repite constantemente.

Desde el mercado Benito Juárez hasta el panteón, una peregrinación invisible se gestaba. En el principio del recorrido era común ver a los ancianos con sus flores cargados en la espalda, agarrando el bulto con una mano y con la otra, las cubetas, la comida, los recuerdos; cada quien con sus motivos y sus penas.

Y uno a uno iba llegando a su cita. Cada cual con su actitud y ritmo. Con la cabeza baja, algunos; otros, con la mirada al cielo; varios, con un gesto perdido como preguntando: “¿Quien se acordará de mi cuando llegue mi tiempo?” En el panteón toda la vida se proyecta sobre la tierra. Como aquella pareja de padres que asistían a la tumba de un hijo muerto antes de tiempo. O Lupita, quien comenzará a esperar el beso frio de la niña blanca, apenas termine su jornada sobre la tumba de su propio muerto.

luis@desdeabajo.org.mx

 

Comentarios

You may also like