LETRAS

Creación, crítica y noticias literarias.

Reclama el huapango que si le han cantado a Veracruz, a Jalisco y Tamaulipas… Tanto que si hablamos de gastronomía, mucha fama tienen también Oaxaca y Yucatán; pero si tan sólo el mundo probara una barbacoa recién salida del hoyo, o las tortas de flor de sábila con chinicuiles en salsa de caracoles y xoconostle, con gusto hablaría del Estado de Hidalgo, cuando de comida mexicana se refiriera.

La primera muestra de la gastronomía hidalguense, organizada por el Gobierno de Hidalgo, permitió dar una pequeña probada de lo que esta entidad –a sólo 90 kilómetros de la Ciudad de México–, ofrece a la gastronomía mexicana que, de por sí, es una de las más prestigiadas del mundo. Y con razón, ya que nadie podría discutir la majestuosidad del mole negro oaxaqueño o el aguachile sinaloense, pero aquí hay algo que muy pocos conocen y que, de saberse, elevaría por encima de su propio promedio a la cocina de México.

Estamos simplemente ante el secreto mejor guardado de la cocina mexicana. Sus ingredientes yacen sembrados en los llanos desérticos del Valle del Mezqutal donde la lengua Hñahñú colorea los páramos que permanecieron indómitos ante la colonización. Suben por las montañas incandescentes de la Huasteca y se refugian en el boscoso subsuelo de la Comarca minera, con el musgo y los oyameles que arraigaron a los celtas ingleses del siglo XVI. La tierra hidalguense es tan fértil que, sin tener mar, produce más mariscos que varios puertos mexicanos. De aquí brotan maravillas.

Ximbó de conejo cocinado al horno de tierra en pencas de maguey. FOTO: DESDEABAJO
Mole rojo de piñón de 27 ingredientes. FOTO: DESDEABAJO
Platillos varios: salsa de chinicuiles, quintoniles, chicharrón con xamúes y champiñones con escamoles. FOTO: DESDEABAJO

Bien dicen de Pachuca que no hay que fiarse de su clima. Sobre la mañana ya amenazaban unas nubes negras y las cocineras de humo titubeaban por sacar la leña, no fuera a ser que la lluvia mojara todo y no hubiera fuego sobre el cual poner las ollas y, por tanto, lema que les diera razón: “Olla que mucho hierve, sabor pierde”, porque, cuando se trata de cocinar, más vale tronco que arda que olla que hierva. Así, todo pasó y ardió. Cocinaron y dieron comer guisados y elotes cuyo sazón es lo ahumado, ese saborcito a humo, porque así se cocina en los bosques de Acaxochitlan, en uno de los puntos más frondosos de la sierra madre oriental.

Junto a ellas igual mostraron sus creaciones estudiantes de gastronomía de la Universidad Tecnológica del Valle del Mezquital, quienes sin duda sorprendieron con su propuesta: un pozole, que no cualquier pozole, sino uno hecho con salsa de caracoles y xoconostle, y en vez de cerdo o pollo, una deliciosa mezlca atrópodos a base de chapulines, chinicuiles y xamúes ¿Hay postre? Mousse de granada y licor de jamaica para marinar. Esta grupo de jóvenes chefs demuestran la esencia de la cocina hidalguense: todo lo que se arrastra, camina o vuela, a la cazuela.

Ocurre que esta es una cultura colonizada y, por tanto, sus expresiones han dependido del favor de quienes por siglos han ostentado el monopolio del arte. Así, la alta cocina (como la alta cultura en general) está determinada por lo que desde Francia o Estados Unidos se diga, según lo que vea. Eso crea una tendencia que es seguida casi por todo el mundo. De tal modo, la cocina llamada “exótica” fulguro en los territorios asiáticos donde allá fueron a invadir. Lo poseyeron y lo hicieron comercio en Occidente. Así hicieron con la cocina mexicana, y ahora creen que los tacos son invención gringa. Han llevado las cámaras de televisión a Oaxaca y los “máster chefs” se gradúan como un mole negro. Ya tiene por tanto su sello de distinción.

¿Un pulquito?. FOTO: DESDEABAJO
Cocinera del Valle del Mezquital. FOTO: DESDEABAJO
Chinicuiles. FOTO: DESDEABAJO
Estudiantes de gastronomía de la Universidad Tecnológica del Valle del Mezquital. FOTO: DESDEABAJO

Luego entonces a la gastronomía hidalguense nadie la ha “descubierto”, nadie en las capitales ha dicho que de Hidalgo son más que los pastes pachuqueños o la barbacoa actopense. Y qué bueno, dirían algunos, así nadie viene a embotellar y vender en Europa lo que es de aquí. Pero vaya, que lo que aquí se cocina nada tiene qué pedirle a lo mejor que hay en el mundo.

Y si bien ser el secreto mejor guardado de la gastronomía mexicana tiene sus ventajas culturales, esto tiene sus bajas cuando de presupuesto se habla. Al platicar con Isabel Roque sobre su mole de 27 ingredientes, sale el tema a flote. Su platillo tiene varios manjares, pero el principal es el piñón que por estos días anda en más de mil pesos el kilo. “Yo tengo dos hijos, tengo que pagarles pasajes, yo no puedo cocinar así siempre ¿con qué dinero?”, se queja. Y no le falta razón. Apenas de esta muestra le salieron unos clientes a quienes les enviará un mole por pedido. No hay quien le capacite para montar un micronegocio, ni quien le financie los ingredientes ni por ser patrimonio cultural de todo un Estado. Si el erario fluyera como debe, su historia sería diferente.

Isabel Roque, cocinera Hñahñu, del municipio de El Cardonal. FOTO: DESDEABAJO
Rosca de flor de garambulllo y pulque. FOTO: DESDEABAJO
Pozole de xamúes, chinicuiles y chapulines en salsa de caracol y xoconostle. FOTO: DESDEABAJO

¿Un pulque? De nuez, mi favorito. De Singuilucan, hecho a más de tres mil metros de altura, allá por el monte de El Águila. Un pan trenzando relleno de nopales y un adobo de conejo. Bocoles huastecos, hechos con frijol. Un Ximbó bien horneado en la tierra envuelto en pencas de maguey, que puede ser de pollo, de cerdo, de conejo o de zorrillo. Vinos de manzana de Huichapan que no necesitan alcohol agregado y alcanzan hasta 12 grados etílicos y dulces típicos como jamoncillo y palanquetas de cacahuate que se venden a granel en todo México pero poco se sabe que son de aquí, concretamente de la sierra de Pachuca, como de aquí son los pachucos fronterizos, el albur o el fútbol que no del D.F., como han hecho creer con visión chilango-centrista. Apropiación cultural, le llaman.

Pero los colores, los sabores, la identidad no dejan de ser hidalguenses. Esa es la fortuna del patrimonio inmaterial. Si todo sale bien, esta será la primera muestra de muchas más que habrá y debe haber. Si bien los secretos son para guardarlos, la gastronomía de Hidalgo merece ser una voz a cuatro vientos, tan fuertes, como los que aquí bajan de la Sierra.

Guadalupe Lizárraga y Luis Alberto Rodríguez presentan la obra de la fundadora de Los Angeles Press. FOTO: Desde Abajo

PACHUCA. –Crear redes y no dejar de luchar, de hacer algo, porque la violencia contra las mujeres no cede. Esta fue la enseñanza que nos dejó Guadalupe Lizárraga durante su visita a esta ciudad, en donde presentó su libro “Desaparecidas de la morgue” (Editorial Casa Fuerte, Estados Unidos, 2017), una investigación sobre las niñas cuyos cuerpos y expedientes permanecieron años en silencio en los anfiteatros del gobierno de Chihuahua, mientras sus madres las seguían buscando. 

La fundadora de Los Angeles Press y autora del blog “El menosprecio del siglo” en la Agencia Alternativa Desde Abajo, explicó que México es un país feminicida ante lo cual se requiere la unidad de las mujeres y el entrelazamiento entre el trabajo de las activistas y las y los periodistas que están revelando la verdad. 

Nuestra querida Guadalupe Lizárraga se presentó en el marco de la “Semana del periodismo Hidalgo 2018” para ofrecer detalles a un auditorio prácticamente lleno sobre sus investigaciones que cuentan el fraude del llamado “caso Wallace” y al aprisionamiento político de la comandanta Nestora Salgado. 

Mucho aforo para escuchar a la autora durante la Semana del Periodismo Hidalgo 2018. FOTO: Cortesía

En “Desaparecidas de la morgue”, la autora hace gala tanto de su calidad narrativa como de su poder periodístico para obtener un libro de obligada lectura para quienes precisan entender, aún más, el terrible fenómeno de los feminicidios en Ciudad Juárez, Chihuahua. 

Porque la labor de investigación de Guadalupe Lizárraga ha sido fundamental en el conocimiento de los feminicidios en Chihuahua. Su obra expone la corrupción y la impunidad en la cual han actuado bandas criminales en conjunción con autoridades locales para facilitar el secuestro, explotación y asesinato de mujeres y niñas de la región con fines deleznables. 

¿Por qué ocurre esto en Chihuahua?, le preguntó alguien del público, a lo cual Guadalupe contestó tajante: “Por dinero. Porque ganan dinero con cada niña que levantan y las venden a las redes de trata. Estamos hablando de un país donde contamos a las mujeres asesinadas simplemente por ser mujeres.”

En Pachuca admiramos el trabajo de Guadalupe Lizárraga y esperamos que pronto vuelva a compartir la palabra que tanto inspiró a quienes ahí la escuchamos. En tanto, la tarea cotidiana es seguir su pluma para guiarnos en el horrible y sinuoso camino de un México feminicida. 

El autor hidalguense Yuri Herrera presentó su nuevo libro, “Talud”, una obra que recoge doce cuentos escritor a lo largo de su carrera literaria. FOTO: Cortesía

PACHUCA, Hidalgo, México. –La narrativa de Yuri Herrera es un paseo emocionante por la plaza pública. Recoge las voces del comerciante que también es poeta, del cantante popular, del migrante que en el brusco trajín de su travesía no pierde la ternura, ni lo cábula, de voces y espacios que, a través de su pluma, renacen con una nueva manera de ser contados.

En su nuevo libro “Talud”, encontramos otro viaje en el estilo de quien fue calificado por la prensa alemana como el “Rulfo del siglo XXI” por sus obras “Trabajos del reino “ (2003) y “Señales que precederán al fin del mundo” (2009).

No obstante, Herrera (Actopan, Hidalgo, 1970) se desmarca de tal comparación. “Rulfo es como una estatua al centro de la plaza”, dice, “hacemos nuestra vida alrededor de ella, todo lo que hagamos será alrededor de ella”. Cierto. Y este autor hidalguense es como el restaurador, que toma el patrimonio, lo pinta de luz y lo apuntala con un nuevo brillo. De pronto la audiencia se sorprende al ver que, lo que siempre ha estado ahí, ha sido reconstruido y obsequiado desde la inspiración del artista.

Yuri Herrera es doctor en lingüística y profesor de la Universidad de Tulane, Nueva Orleans, ganador del Premio Binacional de Novela 2003 y Otras Voces en 2009. Presentó “Talud” en la Feria del Libro Infantil y Juvenil del estado de Hidalgo. Un evento organizado por la Secretaría de Cultura hidalguense cuya edición 2017 fue dedicada, precisamente, a Rulfo en su centenario y a la poeta pachuqueña Margarita Michelena.

“Talud” fue presentado en la feria del Libro Infantil y Juvenil de Hidalgo. En imagen, Luis Frías, presentador, y Yuri Herrea, autor. FOTO: Cortesía.

“Talud” (Literal Publishing, Houston, 2016, 64 p.) es un libro de doce cuentos que, según su autor, no se basan en un personaje en concreto y fueron publicados en periódicos y revistas, algunos escritos en los meses recientes en la residencia de Herrera en Nueva Orleans, otro, específicamente “Alegoría de una biblioteca”, cuando el escritor tenía diecisiete años.

Se trata de una obra que complace a las ya conformadas huestes seguidoras de la narrativa del actopense, que siempre buscan (buscamos) abrevar más de su peculiar estilo, el cual apuntala la etopeya y el lenguaje popular en un discurso elíptico y al mismo tiempo simple, algo muy difícil de conseguir y encontrar en la literatura contemporánea, salvo con el estudio, la concentración y el compromiso con los espacios creativos que caracterizan a Herrera. Esto con razón le ha valido el aplauso de jurados, periodistas y, por supuesto, público lector en América y Europa.

Por supuesto, no queda más que recomendar la lectura de “Talud” y de toda la obra de Yuri Herrera, quien está llamado a ser, sin duda, una de las plumas importantes de México.

bob-dylan-night

Tremendo revuelo ha causado en los medios literarios (puros y duros) la decisión de otorgarle a Bob Dylan el nobel de literatura 2016 ¿Por qué un cantante ganó el principal galardón de las letras a nivel mundial? La respuesta está en el viento.

Quizá la polémica se concentra en que hay muchos escritores que “merecen” el premio antes que un intérprete y cantante del género funk, blues, soul, jazz e incluso country. Para sus críticos, esa trayectoria valdría una serie de reconocimientos Grammy pero darle el Nobel a Dylan fue “estirar” mucho el concepto de “poeta del rock”.

Yo creo que se puede acabar de un solo plumazo con la algarabía que ha desatado esta designación. Lo digo claro, hay muchos más que merecen el nobel pero reconocer a Dylan no es un despropósito.

Este compositor ya ganó el premio Príncipe de Asturias en 2007 y el Pulitzer en 2008, por su aportación a la música y cultura americanas. Es considerado como aquel que le dio música a los derechos civiles de su época. Hay que recordar que algunas de sus canciones se consideran verdaderos himnos para la lucha social de la década de los sesenta (Blowin in the wind, por ejemplo).

Sus letras fueron la plataforma ideal para rechazar la guerra de Vietnam, sirvieron para señalar la injustificable discriminación y el inadmisible racismo de su tiempo. Con 54 años de trayectoria este compositor sobrevivió a la aplastante influencia de los Beatles y al fenómeno musical de Elvis Presley. Su autenticidad, sin embargo, nunca sucumbió a otras influencias musicales por rentables que parecieran.

Conducido por una extraña mezcla entre originalidad, misticidad y transfiguración este personaje se ha vuelto intemporal porque sus letras de reclamo parecen más pertinentes que nunca. Dentro de la dimensión hermética que lo conduce, Dylan seguirá cuestionando: “cuántos caminos debe un hombre recorrer antes de que lo llamen un hombre”.

Para aderezar aún más su figura de hombre que aborrece los reflectores. El comité del Nobel ha declarado que lleva muchos días tratando de comunicar de manera oficial su decisión pero Dylan no contesta las llamadas. De tal suerte que no sería raro que el oriundo de Minnesota no asista a la ceremonia a recoger su galardón. Como dice otra de sus canciones: “la mía será una profunda soledad disolviéndose muy hondo en las profundidades de mi libertad; y esa será entonces mi canción”.

Sea como sea, Dylan seguirá con nosotros (de manera física o espiritual) para ponerle cerebro a la música y hacer que los sonidos del silencio retumben en nuevas expresiones poéticas.

@2010_enrique
uam_lore04@hotmail.com

José Emilio Pacheco murió el domingo 26 de febrero a la edad de 74 años. Foto: Tomada de phily.com
José Emilio Pacheco murió el domingo 26 de febrero a la edad de 74 años. Foto: Tomada de phily.com

La vida se me fue en abrir los ojos.
Morí antes de darme cuenta.

Lo vi alguna vez hace mucho tiempo. En algún lugar. Bueno, la verdad es que fue en la Biblioteca de Balderas. Me apena decirlo pero sí, también llegué a ir a ese lugar a dizque hacer tareas. Ahí andaba cuando casualmente en una de las salas estaba él, impartiendo una conferencia o taller o algo parecido. Me llamó la atención porque días antes había leído esa novela corta de la que tanto hablaban los profesores en la Universidad. Así que entré para ver qué pasaba, total en esa época no tenía prisas de nada y nadie me esperaba en casa.

Me sorprendió encontrar un lugar semivacío, con poca iluminación y un fuerte olor a humedad, pero sobre todo a un auditorio ausente, aburrido. A leguas se notaba que no entendían ni pito de lo que el hombre que tenían enfrente les decía. El poeta hablaba de literatura, citaba autores, escenarios, lugares… en fin, era mucha paja para tanto escuincle que seguramente estaba ahí por la pura convicción del punto extra. La realidad es que yo tampoco entendía nada. Y aún así me senté a escucharlo hasta el final.

Salí del lugar y tomé el metro en dirección a los Indios Verdes. Ya saben: el gusano naranja repleto a tope. No terminaba de maldecir mi suerte de viajar en metro cuando percibí que el poeta viajaba conmigo en el mismo vagón. Ahí estaba entre la multitud tratando de sostenerse de algo o alguien. Era un hombre sencillo, o al menos eso decía su saco gris y viejo, su morral café y esas enormes gafas de abuelo. Y bueno, su viaje en metro. Llegué a pensar en ayudarle pero al llegar a La Raza el gusano vomitó a la mayor parte de su multitud. Él tomo asiento y sacó un libro. Seguro estaba tan ensimismado en su lectura que no le daba importancia a uno de sus zapatos con la agujeta desatada, ni que había tomado la dirección equivocada, pues al llegar a Potrero salió rápidamente buscando ayuda.

Hoy lo recuerdo porque el poeta ha muerto. José Emilio Pacheco. El gran José Emilio Pacheco. Narrador, cuentista, ensayista. Poeta al fin. Ese hombre sabio que lo mismo conmovía con historias infantiles a la vez que ponía en evidencia a la clase política con sus mordaces artículos periodísticos. Pacheco era un escritor excepcional. Nadie parecido a él en la actualidad. Con la cualidad de construir una compleja novela como Morirás Lejos, como de escribir esa historia de amor que todos quisimos tener de niños: Las batallas en el desierto.

Pero ante todo fue un poeta. Un poeta que habló del tiempo, la historia, la vida, la muerte. Un tejedor de sueños e ilusiones. Sigo pensando/ que es otra cosa la poesía:/ una forma de amor que sólo existe en silencio,/ es un pacto secreto entre dos personas,/ de dos desconocidos casi siempre.

Como hubiese querido decirle aquella vez que sus libros me han hecho feliz, que gracias a sus poemas entendí que el poeta está hecho de sueños, que es un eterno viajero. Le hubiese dicho que Madreselva es el cuento más tierno que leído. Pero no, era un muchacho pendejo que nada sabía de su obra. Al menos debí decirle “maestro, tiene una agujeta desatada”.

Cómo vamos a extrañarlo. A este país que se desangra día a día y camina sin rumbo fijo le harán falta sus palabras, sus versos, su presencia.

Hoy lo veo otra vez saliendo del vagón del metro, apresurado, buscando a donde ir y no volver.