[BUITRES EN LA CIUDAD]

La política es un poder capaz de producir caos. Esto no es algo necesariamente malo. Un blog de L. Alberto Rodriguez

Es claro que el modelo de negocios del periodismo tradicional sufre una crisis. Se ha hablado mucho de esto y aún resuenan las voces provenientes de Estados Unidos (epicentro de la debacle de los impresos) que auguraron, a finales del siglo XX, que para el año 2020 ya no existirían periódicos. Semejante profecía no se cumplirá, pero es claro que los diarios en papel vienen a la baja a gran velocidad.

Frente a este fenómeno se encuentra el periodismo digital; la práctica periodística en plataformas digitales, en su mayoría móviles, que a veces requieren de internet y otras no, para funcionar. Su auge está más que consolidado y es la realidad misma del periodismo en México y en cualquier lugar del mundo industrializado. Basta echar un vistazo a la dinámica de las aulas universitarias donde se imparte periodismo o comunicación: el olor a periódico recién impreso a nadie incentiva, su evocación perdió romanticismo y las ocho columnas no son más que una vieja anécdota. Ahora, el oficio no se asocia solamente al buen uso del lenguaje, la deontología y la investigación; quien quiera sobrevivir como periodista debe anclarse a las redes sociales, el marketing 3.0, programación básica, producción multimedia, escritura en hipertexto, interpretación de datos, prácticas móviles y tantos otros usos que ofrezcan las aplicaciones y dispositivos.

Las estadísticas vuelven innegable a la realidad: Según el informe “La lectura en la era móvil” de la oficina en México de la UNESCO, leer en un teléfono celular cuesta en promedio dos centavos de dólar, mientras que leer en papel va de los 15 a los 30 dólares. De hecho, es más fácil que la gente tenga acceso a un dispositivo móvil que a un retrete (no es broma: en un rango de 7 mil millones de personas a nivel mundial, sólo 4.5 mil millones tiene acceso a un baño con drenaje; en cambio, 6 mil millones cuentan con un celular). Es fácil entender entonces la mudanza del periodismo hacia lo digital. El negocio está ahí.

Luego entonces cualquiera con acceso a internet ha podido abrir un canal de noticias en YouTube o montar un blog y llamarlo portal de noticias. Esto ha supuesto una aparente democratización del periodismo en tanto que de cada persona puede surgir un medio de información.

Pero esto no ha significado que se haga periodismo de verdad. De hecho, esta supuesta democracia en el acceso a herramientas digitales de difusión ha dado paso a la falsificación de noticias, un mal social moderno. Por eso debemos rechazar el concepto de “democratización” de los medios de comunicación y reemplazarlo por el término “descentralización” que, para los efectos del fenómeno, es lo más preciso.

El concepto de “descentralización” parte de la teoría económica capitalista. Ante la monopolización de un mercado, surge como respuesta descentralizar la oferta. Así, por ejemplo, la empresa Uber descentralizó el servicio de transportación, y YouTube dio el poder a los usuarios ante la concentración de la televisión como difusor de contenidos audiovisuales. De tal modo, la descentralización –o “desconcentración”, si se quiere–, de los medios de comunicación, supone dar a las personas el poder de propagación de información; un poder que sólo acaecía en las grandes cadenas mediáticas.

Así, cuando hablamos de noticias, podríamos advertir que el periodismo se ha descentralizado. Prácticamente cualquier persona puede difundir información creando una cuenta en Facebook, por ejemplo. Pero esto no significa que cualquier persona pueda hacer periodismo. El ejercicio de esta profesión, antes oficio, requiere la comprensión y aplicación de un robusto compendio de conocimientos, y la consecución de experiencias específicas, por lo que no, tener un canal de YouTube no unge a cualquiera con el título de periodista.

El hecho es que la descentralización de los medios es un reto para el periodismo, aunado a la debacle de los impresos. El tradicional modelo de negocios hace estragos y requerimos pensar en nuevas estrategias de renta; un esquema perfectamente equilibrado entre las demandas de nuestros anunciantes y nuestros lectores, creando al mismo tiempo un discurso coherente, moderno y prestigioso. Sin duda, no es algo fácil. Sólo las mejores mentes lo lograrán.

Siempre he desconfiado de la afirmación que pretende condicionar alguna transformación social: “es que primero debe darse un cambio cultural…”, se dice con regularidad.

Pero, ¿debe ser así? Pienso en los avances contra el tabaquismo, para documentar mi desconfianza. Verás:

Tu y yo recordamos cuando en los restaurantes se fumaba sobre las mesas y posiblemente evocarás que había ceniceros integrados en los brazos de los asientos de los autobuses. Porque era tan habitual fumar, que se exhalaba humo hasta en los salones de clases. Luego alguien vino (bueno, alguien no, sino la Organización Mundial de la Salud) a decirnos que eso no podía seguir así y, por tratados internacionales, el Estado mexicano se vio obligado a emprender campañas contra el tabaquismo. Luego se legisló y quedó prohibido que las personas fumaran en lugares cerrados. Claro que, muy acomodaticios, las fondas se inventaron las zonas para fumadores (algunas aún existen), pero ahora ya no hay edificio donde se permita fumar. Quien quiera echarse un cigarro, tiene que irse a la calle.

Considero que eso está bien. Según la OMS, las ventas de cigarros en México han caído al rededor del 35 por ciento desde principios de los años 2000 –aunque ha aumentado en un 2.5 por ciento el consumo de tabaco entre adolescentes. Sin duda, estos son datos que alientan la lucha contra el tabaquismo.

Pero es ahí cuando surge la pregunta: ¿Se habrían logrado estos resultados –magros, si se quiere–, de no haberse impuesto la obligación de no fumar en espacios cerrados? ¿Cómo iríamos en esto si la sociedad solamente le hubiera apostado, o se hubiera esperado a que ocurriera un cambio cultural? Pues, seguramente aún estaríamos esperando.

Esto es porque ningún cambio social o político, ya no se diga económico o personal, depende solamente de un cambio cultural. Para esto, se requiere un ejercicio de poder. No es la voluntad o el deseo; toda idea requiere de una fuerza adyacente para convertirse en realidad.

En el caso del tabaquismo, se requirió poder político para disminuir su influencia. Bien, entonces, ¿qué clase de poder se requerirá para erradicar la discriminación y el racismo en México?

Si tu respuesta fue: “poder politico”, bueno, sí, eso serviría. Pero se supone que tenemos hartas leyes, reglamentos, instituciones públicas y privadas para esto, pero ¿dónde están los resultados, si en este país, cinco de cada diez se sienten discriminados, y siete de cada diez afirma que ocupa puestos menores en su trabajo debido a su color de piel? Y no vayamos lejos: el INEGI apenas en el año 2015 incluyó a la población afromexicana en su censo de población…

Para intentar encontrar un camino hacia una respuesta convincente, traigo a colación la película Roma, de Alfonso Cuarón, la cual ha sido nominada a diez premios Oscar. Entre otras cosas, se trata de una película que ha puesto en el centro del debate la discriminación, el trato y los derechos de las trabajadoras domésticas; además, luce a nivel mundial porque, por primera vez en su historia, una mujer indígena ha sido nominada en la categoría de mejor actriz.

Estos sucesos tienden a evaluar los estigmas de la industria cultural sobre las poblaciones históricamente segregadas.

Veamos si no:

A la actriz Yalitza Aparicio, su nominación al premio más prestigioso de la industria cinematográfica no le ha salvado de comentarios racistas como las de la actriz Patricia Reyes Espíndola quien afirmó que la protagonista de Roma no repetiría su éxito en otra película; u otros, como esos que afirman con sórdida ignorancia que, al interpretar a una trabajadora doméstica, la artista indígena oriunda de Tlaxiaco, Oaxaca, en realidad no estaba actuando.

Ya lo ves, México es un país racista que cree que no lo es.

Por eso, es delicioso atestiguar como Yaltiza Aparicio figura en el olimpo del séptimo arte, ganándose el reconocimiento de especialistas y entusiastas dentro y fuera de México.

¿Podría esto cambiar, tan siquiera disminuir, el racismo en este país?

En algo cambiará, sin duda. Se trata de una creación artística que tiende a sentar la base de un cambio cultural concreto en México. Porque detrás del éxito de “Roma” se encuentra el reconocimiento de centros de un centro de poder económico muy importante. Esto está desencadenando una modificación en la manera de asimilar colectivamente (cambio político) la participación de las poblaciones indígenas en asuntos que rompen su estereotipo, al menos en lo referente al cine. Se entendía, pues, que para triunfar en Hollywood había que repetir los patrones blancos; las latinas y los latinos han luchado por no ser encasillados a papeles estereotípicos, repitiendo entonces el epítome blanco estadounidense. Y qué ironía: es una mujer indígena en el papel de una trabajadora doméstica quien ha sido nominada al Oscar.

Estas son las cosas que realmente provocan un cambio cultural entre las masas. Estas transformaciones no nacen abajo, entre la aglomeración, esperando a que pasen siglos para que permeen. Las tradiciones y los ritos arraigados en la cultura popular son productos de una imposición vertical. Nacen en los aparatos ideológicos: en los medios de comunicación, en las iglesias, en las escuelas. Y son motivadas por los poderes hegemónicos.

Por eso deben ocurrir más fenómenos como los de “Roma”. Así, hasta que la sociedad adopte una nueva cultura alejada de la discriminación.

“Los empresarios no estamos defendiendo uno u otro proyecto, estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo el presidente del Consejo Coordinador Empresarial varios minutos después de que López Obrador lo hiciera con relación a los resultados de la consulta que da por rechazada la construcción del nuevo aeropuerto en Texcoco. “Estamos defendiendo un modelo de nación”, dijo y repito tal declaración porque ese es precisamente el fondo el asunto cuando hablamos de la #ConsultaNAIM: el modelo de negocio de los hombres de corbata, dista mucho de lo que votamos este fin de semana.

Yo voté temprano, con algo de frío y con cierta incertidumbre sobre los resultados ¿De qué servirá todo esto? No tenía garantías y, sin embargo, marqué por la opción de Santa Lucía, gustoso, no porque tenga mis dólares invertidos en ello, sino porque por primera vez una administración me consulta sobre un proyecto que impactará mi forma de vida. Antes que eso fueron los muertos y las violaciones de Atenco del año 2006, la manera en cómo el Gobierno preguntaba a la gente: ¿estás de acuerdo con que nos valga madre lo que opines sobre el nuevo aeropuerto? Tome su toletazo.

Personalmente creo que no necesitamos aeropuerto, como no necesitamos más automóviles (escribí hace una semanas sobre eso en mi blog), pero la consulta fue valiosa para mí por el simple hecho de serlo. A votar fui con mi sobrino y el impacto cultural es enorme porque a este imberbe de 16 años se le demostró que en México la democracia directa es posible, y no estamos condenados a pagar continuamente con sangre las imposiciones de una plutocracia, tal cual él ha aprendido en sus clases de historia que así ha sido en este país a lo largo de 500 años.

AMLO votando en la Consulta

Y otra cosa: Ahora resulta que a los “grandes mercados” les preocupan los 45 mil empleos que se perderían con la cancelación de Texcoco. Pero algo no me cuadra. Tengo varios amigos por la zona, y esos amigos tienen familiares trabajando como peones en las obras del hoy fallido nuevo aeropuerto. A algunos les pagan seis mil pesos al mes pero con recibos de honorarios, lo que significa que le dan a Hacienda casi el 40 por ciento de su salario en impuestos, más lo que le toca al contador, lo cual apenas les da para comer y para pasajes. Además, no hay contratos. Otro además: les hacen pagar un seguro de vida que ni siquiera es IMSS, según me cuentan. Pero no todo es así, mi amigo Rubén realmente se ve afectado por el desistimiento de la construcción. “¿Todo por unos pinches patos?”, refunfuñó al tiempo que entendía que deberá trasladar su carro de tacos de canasta a otro lado ¡¿Cuantos más, Obrador?!

Está bien que no se haga Texcoco. A mi me registraron ahí y de mi infancia texcocana lo único que recuerdo es mucho cemento y olor a caca. En las monografías se decía que ahí había un lago, pero de agua sólo recuerdo las lluvias ácidas que alentaban el paso de los guajoloteros. Pero eso no lo ve un magnate que reparte su tiempo entre Nueva York, España e Interlomas. Su modelo de país no es modelo sino una fórmula bursátil. Nuestro modelo, el del México real, es de la supervivencia; el de aprovechar cada mecanismo existente para participar en cada consulta sobre asuntos públicos, por una sencilla razón: Nosotros y los patos aquí vivimos.

Reclama el huapango que si le han cantado a Veracruz, a Jalisco y Tamaulipas… Tanto que si hablamos de gastronomía, mucha fama tienen también Oaxaca y Yucatán; pero si tan sólo el mundo probara una barbacoa recién salida del hoyo, o las tortas de flor de sábila con chinicuiles en salsa de caracoles y xoconostle, con gusto hablaría del Estado de Hidalgo, cuando de comida mexicana se refiriera.

La primera muestra de la gastronomía hidalguense, organizada por el Gobierno de Hidalgo, permitió dar una pequeña probada de lo que esta entidad –a sólo 90 kilómetros de la Ciudad de México–, ofrece a la gastronomía mexicana que, de por sí, es una de las más prestigiadas del mundo. Y con razón, ya que nadie podría discutir la majestuosidad del mole negro oaxaqueño o el aguachile sinaloense, pero aquí hay algo que muy pocos conocen y que, de saberse, elevaría por encima de su propio promedio a la cocina de México.

Estamos simplemente ante el secreto mejor guardado de la cocina mexicana. Sus ingredientes yacen sembrados en los llanos desérticos del Valle del Mezqutal donde la lengua Hñahñú colorea los páramos que permanecieron indómitos ante la colonización. Suben por las montañas incandescentes de la Huasteca y se refugian en el boscoso subsuelo de la Comarca minera, con el musgo y los oyameles que arraigaron a los celtas ingleses del siglo XVI. La tierra hidalguense es tan fértil que, sin tener mar, produce más mariscos que varios puertos mexicanos. De aquí brotan maravillas.

Ximbó de conejo cocinado al horno de tierra en pencas de maguey. FOTO: DESDEABAJO

Mole rojo de piñón de 27 ingredientes. FOTO: DESDEABAJO

Platillos varios: salsa de chinicuiles, quintoniles, chicharrón con xamúes y champiñones con escamoles. FOTO: DESDEABAJO

Bien dicen de Pachuca que no hay que fiarse de su clima. Sobre la mañana ya amenazaban unas nubes negras y las cocineras de humo titubeaban por sacar la leña, no fuera a ser que la lluvia mojara todo y no hubiera fuego sobre el cual poner las ollas y, por tanto, lema que les diera razón: “Olla que mucho hierve, sabor pierde”, porque, cuando se trata de cocinar, más vale tronco que arda que olla que hierva. Así, todo pasó y ardió. Cocinaron y dieron comer guisados y elotes cuyo sazón es lo ahumado, ese saborcito a humo, porque así se cocina en los bosques de Acaxochitlan, en uno de los puntos más frondosos de la sierra madre oriental.

Junto a ellas igual mostraron sus creaciones estudiantes de gastronomía de la Universidad Tecnológica del Valle del Mezquital, quienes sin duda sorprendieron con su propuesta: un pozole, que no cualquier pozole, sino uno hecho con salsa de caracoles y xoconostle, y en vez de cerdo o pollo, una deliciosa mezlca atrópodos a base de chapulines, chinicuiles y xamúes ¿Hay postre? Mousse de granada y licor de jamaica para marinar. Esta grupo de jóvenes chefs demuestran la esencia de la cocina hidalguense: todo lo que se arrastra, camina o vuela, a la cazuela.

Ocurre que esta es una cultura colonizada y, por tanto, sus expresiones han dependido del favor de quienes por siglos han ostentado el monopolio del arte. Así, la alta cocina (como la alta cultura en general) está determinada por lo que desde Francia o Estados Unidos se diga, según lo que vea. Eso crea una tendencia que es seguida casi por todo el mundo. De tal modo, la cocina llamada “exótica” fulguro en los territorios asiáticos donde allá fueron a invadir. Lo poseyeron y lo hicieron comercio en Occidente. Así hicieron con la cocina mexicana, y ahora creen que los tacos son invención gringa. Han llevado las cámaras de televisión a Oaxaca y los “máster chefs” se gradúan como un mole negro. Ya tiene por tanto su sello de distinción.

¿Un pulquito?. FOTO: DESDEABAJO

Cocinera del Valle del Mezquital. FOTO: DESDEABAJO

Chinicuiles. FOTO: DESDEABAJO

Estudiantes de gastronomía de la Universidad Tecnológica del Valle del Mezquital. FOTO: DESDEABAJO

Luego entonces a la gastronomía hidalguense nadie la ha “descubierto”, nadie en las capitales ha dicho que de Hidalgo son más que los pastes pachuqueños o la barbacoa actopense. Y qué bueno, dirían algunos, así nadie viene a embotellar y vender en Europa lo que es de aquí. Pero vaya, que lo que aquí se cocina nada tiene qué pedirle a lo mejor que hay en el mundo.

Y si bien ser el secreto mejor guardado de la gastronomía mexicana tiene sus ventajas culturales, esto tiene sus bajas cuando de presupuesto se habla. Al platicar con Isabel Roque sobre su mole de 27 ingredientes, sale el tema a flote. Su platillo tiene varios manjares, pero el principal es el piñón que por estos días anda en más de mil pesos el kilo. “Yo tengo dos hijos, tengo que pagarles pasajes, yo no puedo cocinar así siempre ¿con qué dinero?”, se queja. Y no le falta razón. Apenas de esta muestra le salieron unos clientes a quienes les enviará un mole por pedido. No hay quien le capacite para montar un micronegocio, ni quien le financie los ingredientes ni por ser patrimonio cultural de todo un Estado. Si el erario fluyera como debe, su historia sería diferente.

Isabel Roque, cocinera Hñahñu, del municipio de El Cardonal. FOTO: DESDEABAJO

Rosca de flor de garambulllo y pulque. FOTO: DESDEABAJO

Pozole de xamúes, chinicuiles y chapulines en salsa de caracol y xoconostle. FOTO: DESDEABAJO

¿Un pulque? De nuez, mi favorito. De Singuilucan, hecho a más de tres mil metros de altura, allá por el monte de El Águila. Un pan trenzando relleno de nopales y un adobo de conejo. Bocoles huastecos, hechos con frijol. Un Ximbó bien horneado en la tierra envuelto en pencas de maguey, que puede ser de pollo, de cerdo, de conejo o de zorrillo. Vinos de manzana de Huichapan que no necesitan alcohol agregado y alcanzan hasta 12 grados etílicos y dulces típicos como jamoncillo y palanquetas de cacahuate que se venden a granel en todo México pero poco se sabe que son de aquí, concretamente de la sierra de Pachuca, como de aquí son los pachucos fronterizos, el albur o el fútbol que no del D.F., como han hecho creer con visión chilango-centrista. Apropiación cultural, le llaman.

Pero los colores, los sabores, la identidad no dejan de ser hidalguenses. Esa es la fortuna del patrimonio inmaterial. Si todo sale bien, esta será la primera muestra de muchas más que habrá y debe haber. Si bien los secretos son para guardarlos, la gastronomía de Hidalgo merece ser una voz a cuatro vientos, tan fuertes, como los que aquí bajan de la Sierra.

Los migrantes somos el desecho del capitalismo. Migramos porque en nuestro territorio no existen condiciones necesarias para vivir dignamente y preferimos arriesgar la vida con tal de ganarla un poco.. ¿Qué tuvo qué pasar para llegar a este nivel de necesidad?

El trabajo ya no dio lo suficiente para vivir y nos empobrecimos al grado de la hambruna. Esto no siempre fue así. Antes, nuestras familias pudieron subsistir. La tierra daba lo suficiente, la fábrica otorgaba los derechos necesarios. Pero un día todo acabó. La entrada de las políticas capitalistas luego de la segunda guerra mundial favorecieron a las grandes empresas, pauperizando gradualmente el modo de vida de la clase trabajadora.

Todo se reduce a lo que separa los regulares de los psicópatas: la moral. La voracidad, el ímpetu de ganancia sin límites, es lo que ha propiciado la concentración de la riqueza en unas cuentas manos. Es mentira que detrás de cada millonario se halle una historia de esfuerzo y sacrificio; en realidad, son pocos, realmente muy pocos quienes crearon su fortuna así. En la gran mayoría de los casos, el dinero surge gracias a la sobreexplotación de las y los trabajadores. Son estos quienes producen la riqueza de la cual gozan sólo algunos, considerados ricos.

Los trabajadores, al carecer de oportunidades de progreso (como de las que carece un naranjo plantado en el desierto), rentan lo único que tienen: su fuerza de trabajo. La rentan a quienes sí tienen esas oportunidades, tales, que son dueños de los medios con los cuales se produce todo lo que necesita el ser humano moderno para sobrevivir: energía, infraestructura, alimentos, acueductos y hasta la provisión de salud y educación. A cambio de su trabajo, el rico le da al trabajador una parte de la riqueza que produce, una mínima parte. Por ejemplo, un análisis de la UNAM reveló que un obrero promedio genera el valor de un día de trabajo en sólo nueve minutos. ¿Donde queda la riqueza que genera en las siete horas con 41 minutos restantes? Por supuesto, se las queda el rico. Es así como logra obtener su riqueza, sobre-explotando.

Esta lógica fue ganando cada vez más poder al punto que supeditó al Estado a su servicio. Incluso, millonarios como Donald Trump de hecho se hicieron gobernantes políticos. Entonces arrasaron con todo y mataron a la gallina de los huevos de oro. A la clase trabajadora la hicieron desecho y esta ¿que haría entonces? Por supuesto, migrar para no morir de inanición. Y como era de esperarse, los que antes nos explotaron, ahora levantan muros y mandan a la policía para no dejarnos salir de nuestro confinamiento.

Integrantes de la caravana migrante centroamericana se lanzan al río Suchiate que une a México con Guatemala, para intentar entrar al lado mexicano. FOTO: REUTERS