México ha sido escenario de múltiples debilidades democráticas. En este país, como en otros de América Latina, la fragilidad institucional propicia que los males de la democracia se manifiesten con fuerza.

Basta con recordar la falta de contrapesos entre los poderes, los partidos políticos fragmentados, los anquilosados liderazgos tradicionales, la corrupción rampante en todas las esferas del gobierno y otros factores históricos.

Todos los fenómenos anteriores, representan el caldo de cultivo adecuado y propicio para manifestaciones políticas que se caracterizan por un discurso disruptivo. Liderazgos que se presentan como opciones distintas al poder establecido utilizando un ropaje de libertadores, mesías y salvadores de la patria. Ellos, a los que ahora se les clasifica como populistas, se reproducen fácilmente en todos los sistemas políticos, pero abundan ahí donde las expectativas de los ciudadanos no han sido cubiertas a cabalidad.

El caso emblemático que detonó el debate mundial sobre el populismo fue la victoria de Donald Trump, en Estados Unidos. Muy pocos esperaban que un candidato con esas características ganara las elecciones en una democracia avanzada, con instituciones sólidas y una cultura política ejemplar. Pues bien, ahí, en el epicentro del sistema democrático mundial un populista de derecha se coló para poner en jaque la estabilidad mundial.

Lo anterior dejo una enseñanza clara. Si existe un determinado grado de descontento (con la economía, la política o la clase gobernante), impera el miedo en la sociedad (miedo real o inventado) y un caudillo capaz de construir en la imaginación de suficientes personas un mito y una utopía que den cohesión discursiva a los instintos, frustraciones y reclamos que los enemistan con el estado de cosas imperante, el populismo irrumpirá con fuerza. En cualquier lugar y tiempo.

Derivado de los temores antes descritos, algunas voces expresan su gran preocupación por que en México se instaure un régimen populista. Llegan a tal las fobias que diversos sectores consideran que Andrés Manuel López Obrador candidato puntero en la carrera presidencial, es un populista que terminará por dinamitar la vida institucional de este país.

Para empezar, hay que subrayar que dichos fantasmas han sido parte de una gran campaña de engaño y manipulación; y que los adversarios de Andrés Manuel López Obrador, son los responsables de promover esos planteamientos equivocados.

Basta con echar un vistazo a la historia política del país para tirar por la borda las mentiras en torno al populismo que se propagan con fuerza en tiempos electorales.

Por principio de cuentas hay que decir que el populismo no se manifiesta como una mera casualidad. Sino que tiene su origen en aquello que se dejó de hacer o hizo mal la democracia.

Bajo este precepto, en México han sobrado los casos en que personajes políticos aprovechan las debilidades de la democracia para forjar su carrera política. Es decir, llevamos años en donde los caudillos, los presidentes (con facultades metaconstitucionales) y los líderes de izquierda y derecha (unos más y otros menos carismáticos), pavimentaron el camino hacia el populismo.

Todos estos actores se valieron de un frágil entramado institucional y los que tuvieron la oportunidad de gobernar introdujeron estos mecanismos como parte de los usos y costumbres del sistema político mexicano.

Dicho de otra manera, México ya tuvo en su historia gobiernos y gobernantes populistas (Lázaro Cárdenas del Río y Luis Echeverría Álvarez, por ejemplo). Lo anterior, por cierto, no pulverizó la vida institucional del país como se pretende hacer creer ahora.

Cárdenas y Echeverría construyeron durante su gobierno una serie de políticas sociales de corte asistencial que bien pueden definirse como populistas. Es decir, crearon mecanismos de control, compra de voluntades y lealtades partidistas que pueden ser explicadas a través de un mecanismo retrógrado: el clientelismo político. Lo que a su vez enalteció la figura presidencial y llevó a la idolatría de los personajes en cuestión.

Es decir, el régimen político lleva varias décadas generando clientelas auspiciadas por políticas que facilitan bienes y servicios a costa de incrementar las bases políticas del partido en el gobierno.

Así se crearon y así funcionan algunas instituciones del país. Lo único que cambia es el proveedor. Algunas veces es un partido político, otras un candidato y unas más un gobierno. Pero todos ellos se benefician de tener una amplia base social que se favorece de las políticas que procuran recompensas mínimas al tamaño de las necesidades.

Por eso, resulta inverosímil que ahora existan preocupaciones infundadas porque puede llegar al poder un líder populista. En realidad, el personaje es lo de menos. Siendo que desde hace años (escondidas o aparentes) se utilizan políticas populistas como parte medular del sistema político mexicano.

Quizá por eso las elecciones en México son cada vez más costosas. Porque hay que comprar voluntades a través de promesas de una vida mejor. Ello se materializa con la distribución de tarjetas que pueden ser intercambiadas una vez que los ciudadanos votan por la opción señalada. Tiempo después vienen los “beneficios” prometidos con un alto costo social.

También puede utilizarse este criterio en los programas sociales que sólo buscan incrementar sus apoyos para perpetuar opciones políticas en el poder. Tratando de generar paliativos y no soluciones a problemas estructurales.

Una de las preguntas más recurrentes en estos tiempos en el país es si existe la posibilidad de que un populista gobierne al país en 2018. Efectivamente existe la posibilidad real de que López Obrador sea presidente. Pero, repito, lo de menos es la persona. Lo que debe de preocupar es el régimen político que alberga en su esencia una alta dosis de populismo. Esto es, favorece la creación de clientelas políticas más que la formación de ciudadanos.

Bajo este criterio, la persona que atienda desde Los Pinos tendrá la tentación de continuar con aquellas políticas más que eliminarlas. Y es ahí donde la discusión debe de centrarse.

Andrés Manuel López Obrador ha sostenido que su movimiento busca un cambio de régimen y esperemos que cumpla con esa compleja tarea. Porque de nada servirá cambiar de denominación política utilizando la misma estructura populista del sistema.

Para terminar, hay que decir que se extiende cierta preocupación porque se extienda la ola populista. Ese debate es falso. Aquí el régimen político que se instaló a principios del siglo XX está basado en políticas públicas de corte populista que fomenta la creación de clientelas políticas.

Por tal circunstancia, lo que debe de preocupar (más allá de quien gobierna) es la modificación de los entendidos políticos que se han perpetuado en el poder. Gracias a esos mecanismos se han consolidado políticas y clientelas que impiden escenarios de plena competencia y distribución del poder.

Hacia 2018, año en que se renovará la presidencia, el verdadero reto no radicará en elegir una opción política sobre otra. El fondo de la situación será romper las ataduras populistas que se construyeron desde la gestación del régimen en cuestión que suena lejana si se conoce la historia reciente del país.

@2010_enrique
lore750715@gmail.com

Enrique Lopez Rivera

Enrique Lopez Rivera

Politólogo hidalguense, doctor en Estudios Sociales. Autor de la tesis "En busca del ciudadano perdido, participación y abstencionismo en una provincia mexicana" (España) y coautor del libro "La reconfiguración de la hegemonía priísta, una lectura desde al ámbito local" (Plaza y Valdés, México). Columnista.
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